Aquí estoy. Se que estos son mis últimos minutos, que pronto me atraparán y sin embargo no puedo resistirme a un último ataque.
¿Cómo puedo dejar de ser esto en lo que me he convertido? ¿Cómo podría volver a mi antigua existencia, ahora que conozco esta emoción tan plena?
¿Sobrevivirá este yo, este indómito yo, si soy apresado? ¿Cómo podría?
No creo que mi historia sea especial, ni tan siquiera distinta de otras tantas de las cuales no hemos oído aún. Pero es mi historia, lleva mi olor y mi firma y nadie puede contarla mejor que yo. Aquí estoy pues.
Antes de que los tabloides desfiguren más los hechos, quiero dejarles este testimonio de primera mano. Sólo yo conozco los motivos que me llevaron a actuar como lo hice desde aquella primera tímida vez, hasta ahora. El desarrollo de mi táctica, su perfeccionamiento, el gozo creciente ante los resultados.
Nunca he sido una persona destacable, pueden preguntárselo a cualquiera que me haya conocido. No hubo grandes hitos en mi historia; mi operación de garganta a los ocho años, ha sido lo más relevante que me ocurriera hasta ahora.
Creo que la gente se aburre conmigo. Mis compañeros de trabajo no me rehúyen, no soy lo suficientemente interesante como para que me detesten. Ellos simplemente me saludan, sin mostrar el más mínimo interés por llevar la comunicación a otro nivel. Nunca nadie ha buscado de mi intimidad.
De pequeño fui muy tranquilo, apenas hacía notar mi presencia. Solía quedarme horas observando una fila de hormigas abrirse paso por el jardín de mi madre.
Las hormigas siempre han llamado mi atención, esa manera de tocarse con las antenas cada vez que dos de ellas se cruzan. Las hormigas nunca pasan una junta a la otra ignorándose. Las hormigas se tocan, se reconocen entre sí, se aseguran de que la otra esté segura de su existencia.
Ahora vivo en la ciudad desde hace ya cinco años y difícilmente veo hormigas. El cemento ha matado cualquier intento de la vida por abrirse paso.
Entre estas calles infestadas de autos, bocas de subterráneo que nos vomitan hacia nuestros trabajos, citas, restaurantes, todos caminamos apresurados. Son hileras e hileras de seres humanos, convencidos de dirigirse a un lado u otro cuando en realidad, hace mucho tiempo que dejamos de tener un lugar a donde ir.
Nunca nos miramos, evitamos cualquier contacto. Si alguna vez la falta de espacio hace que nos toquemos, nos apartamos molestos. Algunos ni siquiera se disculpan, como si no nos hubieran tocado. No reconocen nuestra presencia.
Tal vez, la muerte de mi madre al final de mi carrera universitaria y el mudarme a esta ciudad, han sido relevantes para mi transformación. Mi madre y yo nunca hablamos mucho, ella era tan callada como yo, especialmente después de que mi padre se marchara. Pero tenía una forma de ponerme la mano sobre la frente, de forma casi distraída al pasar junto a mí, que siempre me reconfortaba.
Ya me habían ofrecido un trabajo en la ciudad cuando ella murió; cerré la casa con el jardín y me mudé a un minúsculo loft en el centro. Así comenzó mi vida en la ciudad.
(Continuará)
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