Hacia unos quince minutos que caminaba por la peatonal cuando comencé a notar aquello.
Era la hora habitual de mi paseo; lo sé porque antes de salir miré el reloj de la cocina, nunca llevo reloj conmigo.
La noche estaba estrellada pero sin luna, me cercioré de ello espiando a través de las cortinas del salón, una hora antes de salir.
Había una brisa fresca, que traía suaves perfumes de azahar y movía mi pelo. Respiré profundamente con los ojos entrecerrados, caminando despacio, como es mi costumbre.
Entonces lo vi: se escondía detrás de un árbol, a unos 50 metros de mí, dejaba asomar sólo la cabeza (bastante grande por cierto) y me miraba de arriba abajo con ojos desmesurados y locos.
Me volví para ver si tal vez algo detrás de mí llamaba su atención. Pero la calle estaba vacía, a excepción de un perro que arrastraba una correa roja por el pescuezo. El animal olisqueaba la calle y el aire frente a él, me miraba y si nuestros ojos se encontraban, bajaba el hocico y detenía el paso.
Nunca me han gustado los perros y soy bastante ignorante de sus costumbres, sólo sé que su olfato es muy fino, no así sus usos: no pueden evitar oler lo primero que se les presenta sin ningún escrúpulo. ¿Quién no ha sido incomodado alguna vez por un perro que se acerca a olisquear sus partes pudendas? Ignoré al perro y seguí caminando.
La cabeza aparecía y desaparecía detrás del árbol, dejando ver por momentos los hombros y parte del torso. Las manos del sujeto se aferraban al tronco con crispación. Lo miré a los ojos de pupilas dilatadas y juro que su boca se abrió como si fuera a gritar.
Esto me asustó un poco (¡la gente es tan extraña!), pero no quería hacerlo notar, así que simplemente me crucé hacia el otro lado de la calle adoquinada. Ya había avanzado prácticamente la distancia que nos separaba y si no me hubiera cambiado de lado, estaría pasando junto a él.
No pude evitar mirarlo en ese momento, sus manos habían soltado el tronco y se elevaban a ambos lados de su enorme cabeza, agitándose. Las piernas parecían temblarle y se balanceaba hacia atrás y adelante, murmurando algo que no pude entender.
Pensé que tal vez tenía problemas para respirar, claro, tal vez estaba teniendo uno de esos ataques de corazón que le da a la gente. Pero no pude decir nada porque entonces escuché al perro.
Me había seguido y estaba a unos pasos de mí, las patas delanteras se apoyaban completamente en el suelo, dejando su parte trasera elevada. Ya no olisqueaba sino que gruñía dejando ver sus colmillos en forma amenazante. Lo miré e instintivamente debo haber perdido el color al tiempo que me agachaba para evitar que saltara sobre mí. El animal cambió de postura inmediatamente, saltando y aullando corrió hacia el hombre. Se pegó a él con el rabo entre las piernas.
El hombre cayó de rodillas junto al animal y lo abrazó desesperado. Los dos parecían gemir.
Me incorporé con lentitud sin salir de mi asombro, preguntándome que podía pasarles. La curiosidad pudo más que el miedo y comencé a avanzar hacia ellos, entonces sus gemidos se transformaron en gritos ahogados por el cerrado abrazo que los unía. Ahora no me miraban sino que volvían las cabezas.
El perro se zafó de los brazos de su dueño y salió corriendo, perdiéndose en la oscuridad. El hombre quedó simplemente allí, de rodillas, los brazos flácidos junto al cuerpo encogido. Ya no gritaba, volvía a murmurar, los ojos fuertemente cerrados.
Llegué junto a él y entonces recordé que aunque quisiera no podría preguntarle que le pasaba, ya que yo no hablo el mismo idioma que las personas en esta ciudad. He tratado muchas veces de aprender al menos las palabras más básicas, pero mi lengua no está adaptada para su pronunciación. Me limité a sonreírle, tratando de transmitirle mi empatía ante su situación, cualquiera esta fuera. El entreabrió los ojos, que se clavaron en mi sonrisa de dientes perfectos con estupefacción. Fue ahí que se desmayó.
Lo observé por un momento, consciente de su respiración. Casi me pareció cómico su aspecto: los miembros alborotados y la piel tan blanca. ¡La gente es tan extraña!
Después de semejante escena, no pude más que volver a casa. Popi estaba esperándome prácticamente detrás de la puerta.
-Al reloj de la cocina se le acabó la pila- dijo mirándome con enojo. -¡¿No notaste que hay luna llena?!
-¡¿Luna llena?! Cuando miré por la ventana no había luna.
-Porque todavía no era hora de que saliera, ¡lo hubieras sabido de haber cambiado la pila del reloj!
Suspiré. No había nada que pudiera hacer ya. Avancé despacio hacia mi cuarto, debo moverme con lentitud porque mi cola es pesada.
Me miré en el largo espejo que cuelga de la puerta del armario. Arreglé mi pelo rojo y me pasé un dedo por los labios violetas. Sonreí a mi imagen con todos mis perfectos y afilados dientes; mi pequeña cabeza oblicua hace que se vean más grandes. Sacudí una mota de polvo que se adhería a mis verdes escamas. Al otro lado del pasillo, Popi cerró la puerta de su cuarto de un sólido golpe, esto me sobresaltó, lo que causó que instintivamente mis escamas perdieran su color verde para volverse doradas.
Me gusta esa sensación de extrañez contagiosa que transmite continuamente el protagonista, tanto como el giro inesperado del final.
ResponderEliminarPor eso decidí crear la etiqueta "Tales of the Unexpected", nueva sección inagurada para todos aquellos relatos que nos recuerden al clásico de Roald Dahl.