miércoles, 9 de marzo de 2011

La Verdad (Parte I)

Su rostro crispado me vigilaba desde aquella ventana. Con los ojos depredadores, la boca entreabierta en un rictus que dejaba asomar las encías amarillas y el cabello enmarañado mojado en su frente sudorosa.
De un modo u otro, aquel Extraño seguía estando allí. 
Me escondí tras el marco despintado de la puerta, sintiendo el corazón palpitar contra mi pecho con una fuerza inusitada. Era evidente lo que había ocurrido: por increíble que pudiese parecer el Extraño había conseguido hacerse con una copia casi exacta de mis rasgos faciales, y seguro que esto sólo era el principio de algo mucho más horroroso que aún estaba por venir.

Me llamo Edward Morris y creo que me estoy volviendo loco.

Todo empezó con El Libro, sí, un tomo antiguo que me susurraba encantamientos desde sus páginas mohosas.  Caminaba apresurado en el anochecer de un día helado de noviembre cuando al levantar la vista, como por arte de magia, lo vi aparecer entre la hojarasca seca arrastrada por el viento. Allí, tras el polvoriento escaparate de aquella tienducha decrépita, había aguardado durante años esperando mi llegada.
Cautivado por su visión, y tras vacilar unos instantes, me dejé llevar por un impulso y crucé el umbral, dejando la calle húmeda tras el tintineo de unas láminas de metal que colgaban sobre la puerta.
Nunca debí pasar por alto el peligro oculto tras las advertencias reiteradas del librero, su poco habitual reticencia, casi una aversión a la simple idea de desprenderse de él.
-Entienda que se trata de un ejemplar antiguo y muy curioso,  raro de encontrar- murmuró tras el parapeto de sus gruesas lentes.-La verdad, no estoy seguro. Piense que si cayera en malas manos...¡quién sabe qué podría llegar a ocurrir!

Sea lo que sea, por imposible que pueda parecer, si me lo propongo lo acabo consiguiendo SIEMPRE.
Tan sólo tuve que firmar un cheque con una oferta imposible de rechazar y el pobre viejo agarró El Libro con sus manos temblorosas, lo envolvió entre unas telas deshilachadas y me lo entregó, no sin antes obsequiarme con una nueva tanda de premoniciones ominosas y oscuras profecías, salpicando mi futuro con voz siniestra. Al finalizar el sermón, le dediqué una sonrisa burlona como despedida, y sin más palabra me lanzé a la calle y desaparecí como tragado por la noche, con el fardo misterioso bajo el brazo.
Caminé hasta casa con paso ligero, un paseo entre la niebla, y tras una cena frugal y rápida, me sumergí en la lectura de mi nuevo tesoro.  Acerqué la butaca a la chimenea y me dispuse a hojearlo con el crepitar de la llama y el golpeo intermitente del viento en las ventanas como únicos compañeros...(continuará)

1 comentario:

  1. Antes no se publicó mi comentario en el que ensalzaba tu escritura. Pues eso, que me gusta y espero con impaciencia la segunda parte.

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